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Susan Sontag Biografía, obra, enfermedad y estética de una mente radical

 

Los primeros años de Susan Sontag

 

Susan Sontag (nacida como Susan Rosenblatt) nació el 16 de enero de 1933 en Nueva York, en el seno de una familia de origen judío. Su infancia no fue fácil: su padre, Jack Rosenblatt, se dedicaba al comercio de pieles en China y murió de tuberculosis cuando Susan tenía solo cinco años. Su madre, Mildred —a quien la escritora describiría más tarde como una "belleza narcisista" emocionalmente distante y alcohólica— ocultó la muerte de su marido a su hija durante dos años. Finalmente, su madre se casó con Nathan Sontag, de quien Susan tomó el apellido, aunque este nunca la adoptó oficialmente.

 

La temprana adolescencia de la escritora transcurrió en Arizona y California, adonde la familia se trasladó debido al asma de Susan. La joven se sentía como una exiliada intelectual entre sus compañeros: devoraba la literatura clásica de forma casi obsesiva, leyendo a Kant, Kafka y Mann mientras los otros niños jugaban en el patio. Sontag se autodenominaba una "personalidad autoconstruida" que buscaba en los libros un refugio frente al vacío y el aburrimiento que imperaban en su entorno familiar.

 

Con solo 15 años, Sontag terminó la escuela secundaria e ingresó en la Universidad de Berkeley, aunque no permaneció allí mucho tiempo: se sintió atraída por el prestigio intelectual de la Universidad de Chicago. Este periodo se convirtió para ella en una época de cambios radicales. En Chicago sintió que entraba en su verdadero elemento, donde las ideas eran más importantes que la vida cotidiana. Aquí comenzó a forjar su estilo de pensamiento único e inflexible, que más tarde la convertiría en una de las críticas más influyentes del siglo XX.

 

Un giro impactante en su vida fue su matrimonio. A los 17 años, tras apenas diez días de conocerse, se casó con su profesor, el sociólogo Philip Rieff. Esta decisión pareció a los demás un impulso intelectual o un intento de escapar del control materno. A los 19 años, Susan ya tenía a su hijo David, pero la maternidad y el papel tradicional de esposa no detuvieron ni un momento su hambre de conocimiento y ambición.

 

Durante sus años de estudio, Sontag experimentó una intensa transformación interna relacionada con su sexualidad. Aunque estaba casada con un hombre, mantuvo relaciones determinantes con mujeres que sacudieron su visión del mundo. Su primera experiencia homosexual seria en Berkeley con Harriet Zwerling le abrió los ojos sobre su propia dualidad. En sus diarios escribió sobre la "liberación de la prisión del cuerpo", aunque en público mantenía todavía la imagen de una esposa académica ejemplar.

 

Tras mudarse a Europa (Oxford y París) para estudiar, Sontag comprendió que su matrimonio la asfixiaba. En París se sumergió en la vida bohemia, conociendo las corrientes filosóficas, el cine y a los intelectuales que formaron su gusto estético. Fue entonces cuando decidió romper con Rieff y regresar a Nueva York con su hijo y apenas siete dólares en el bolsillo, decidida a convertirse en escritora y no en la sombra de un académico.

 

Al regresar a Nueva York a finales de la década de 1950, se convirtió en una parte destacada de los "intelectuales de Nueva York". Trabajó en editoriales, enseñó historia de las religiones en la Universidad de Columbia y escribió intensamente. En aquel tiempo ya era conocida como una mujer extremadamente estricta y brillante, que no temía provocar y cuestionar las normas establecidas tanto en el arte como en la moral.

 

Esta etapa de formación culminó en 1963 con la publicación de su primera novela, El benefactor (The Benefactor). Aunque el libro recibió críticas variadas, marcó el ingreso oficial de Susan Sontag en la gran escena literaria. Fue el fin de un largo camino: de una niña solitaria en el desierto de Arizona a una mujer que pronto cambiaría nuestra comprensión de la cultura moderna y el "Camp".

 

El ascenso de la escritora y crítica de arte

 

Tras publicar El benefactor, Susan Sontag se convirtió rápidamente en un icono intelectual cuya influencia trascendió la literatura. No era solo una escritora; era una "estrella intelectual", una mujer capaz de unir la alta cultura con la popular, analizando desde el cine francés hasta la moda. Su reconocimiento se consolidó en 1966 con Contra la interpretación, donde desafió el método tradicional de la crítica de arte, argumentando que la sensibilidad y la estética son más importantes que la búsqueda del "significado". Sontag se convirtió en el árbitro de la modernidad, cuya mirada aguda y capacidad para teorizar sobre el "Camp" le otorgaron una autoridad admirada y temida por igual.

 

Su personalidad era una mezcla intimidante: poseía una erudición increíble, una seriedad inflexible y un gran narcisismo. Era conocida por ser exigente consigo misma y con los demás, a menudo haciendo que sus interlocutores se sintieran intelectualmente inferiores. Su carácter estaba marcado por un hambre constante de nuevas experiencias: leía miles de libros, asistía a los estrenos más importantes y sentía la obligación de estar en el centro de los eventos mundiales. Sontag se construyó a sí misma como una marca: su cabello negro con un mechón blanco se convirtió en un símbolo de autoridad intelectual.

 

Su vida privada fue una lucha constante entre la necesidad de intimidad y el deseo de independencia absoluta. Su sexualidad no era fácil de encasillar; aunque tuvo relaciones con hombres, vinculó la mayor parte de su vida a las mujeres. Sin embargo, evitó declarar su homosexualidad públicamente durante mucho tiempo, por temor a que simplificara su imagen como pensadora. Sus relaciones con Nicole Stéphane, Lucinda Childs y, finalmente, Annie Leibovitz estuvieron llenas de estímulo intelectual, pero también de tensión, ya que Susan siempre priorizó su trabajo y su propio ego.

 

La relación con su único hijo, David Rieff, fue una de las más complicadas de su vida. Sontag lo amaba con una posesividad peculiar, tratándolo más como un compañero intelectual que como un niño que necesita cuidados. David se convirtió pronto en su editor y compañero; su vínculo fue simbiótico, nutritivo y asfixiante a la vez. Creció entre libros y debates, y más tarde describió a su madre como alguien para quien la vida era un texto y los sentimientos reales solían quedar en segundo plano tras las grandes ideas.

 

La lucha contra la enfermedad

 

Una de las etapas más impactantes comenzó en 1975, cuando le diagnosticaron un cáncer de mama en etapa IV. Los médicos pronosticaron que le quedaban pocos meses, pero aquí surgió su increíble obstinación. Sontag se negó a aceptar la muerte y consideró su enfermedad como otro proyecto intelectual. Estudió literatura médica, buscó los tratamientos más agresivos y en Francia se sometió a una quimioterapia experimental extremadamente fuerte.

 

Esta experiencia fue la base de La enfermedad y sus metáforas (1978). En este libro, Sontag criticó duramente la idea de que el cáncer es causado por problemas psicológicos o una "mala actitud". Luchó contra la noción de que el paciente es responsable de su enfermedad y afirmó que las metáforas solo obstaculizan la curación. Para ella, el cáncer era un hecho biológico que debía ser destruido por la química, no un castigo espiritual. Logró recuperarse y vivió décadas activamente, aunque la enfermedad siempre acechaba en la sombra.

 

En la década de 1980, se convirtió en una activista política. Su valentía alcanzó su punto máximo durante el sitio de Sarajevo, donde viajó para dirigir Esperando a Godot de Samuel Beckett. Fue un acto impactante: ensayar teatro en sótanos a la luz de las velas con personas que enfrentaban la muerte a diario. Sontag lo veía como un deber moral; creía que la cultura era lo único que mantenía la dignidad humana frente a la barbarie.

 

En su etapa tardía aparecieron sus obras de ficción más maduras, como El amante del volcán (1992) y En América (1999). Aunque siempre se consideró novelista, el mundo la valoró más como ensayista. Finalmente, en 2004, murió de leucemia a los 71 años, como consecuencia de los agresivos tratamientos que años antes le habían salvado la vida. Sontag dejó un legado de pensamiento inflexible, siendo una intelectual que nunca se permitió el lujo de ser superficial.

 

Análisis de sus obras principales

 

La enfermedad y sus metáforas (1978) Sontag buscó desmitificar la enfermedad y liberar al paciente de la carga moral impuesta por el lenguaje. Afirmó que el cáncer no es un defecto de carácter, sino un proceso biológico. Atacó la terminología bélica (la "lucha contra el cáncer"), argumentando que crea un entorno paranoico donde el paciente se siente como un campo de batalla en lugar de un ser humano que necesita un tratamiento racional.

 

Contra la interpretación (1966) Este libro fue el manifiesto de la revolución cultural de los años 60. Su tesis principal era que la crítica, al intentar encontrar un "significado oculto", en realidad envenena el arte. Sontag afirmó que la interpretación es "la venganza del intelecto sobre el arte" y lanzó su famosa frase: "En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte". También incluyó el ensayo fundamental Notas sobre el Camp, que legitimó intelectualmente el kitsch y la extravagancia.

 

La otra cara de Susan Sontag

 

Detrás de su fría imagen pública se escondía una vida de hábitos radicales. En los años 60, consumió anfetaminas intensamente para mantener su ritmo de trabajo, lo que le permitía no dormir durante días para leer y escribir, aunque esto alimentaba su inestabilidad emocional.

 

En su matrimonio con Philip Rieff, se sospecha que Sontag escribió gran parte del famoso libro de él sobre Freud. Tras el divorcio, ella renunció a la autoría a cambio de que Rieff no luchara por la custodia de su hijo, sacrificando su genio por su libertad. Su vida doméstica en Nueva York era un caos controlado; su biblioteca de 15,000 libros era su "máquina de alucinaciones", y podía enfurecerse si alguien movía un libro un milímetro.

 

Tras su muerte, Annie Leibovitz fotografió su cuerpo en la morgue, una imagen que causó un gran escándalo. El hijo de Susan lo calificó de degradación, marcando el punto final de una vida donde la intimidad personal y el arte público chocaron de la forma más brutal.

 

Alma Rebelde


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